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Stella Díaz Varin


Introducción Al Vértigo


                           Hay días que significan una época.

			I

Desde la inmensidad con tu trozo de proa, 
desde donde venías mi primer enemigo;
desde la inmensidad, desde donde dijiste
que veníamos una vez, hace ya tanto tiempo;
me traías el hacha y el trigo y la mirada,
y la oscura bandada de tus manos; 
y era entonces,
cuando yo despertaba de tanto estar dormida 
y me subía el corazón a flor de boca para besar tu corazón.

!Ay, ya no tengo más deseo 
que comparar mi piel con la piel de los muertos!
Cuando a ignoradas lianas rojas penetraste 
y desmedido son tu palabra 
para arrancarme del revés del día, 
era como desentenderse de tu paso, 
porque era tan difícil la luz para mis ojos, 
como el lecho de una niña que dice estar virgen, 
como la exactitud de tu presencia.

Porque ya no quería vivir estando tú presente.
La amargura se echaba a mis pies como un perro 
y era la angustia, como un hueso marino sobre un pequeño laud
mientras yo pervertía el silencio
para así descender de tus ojos.

Porque no se desdigan mis voces más siniestras, 
desde hoy seré como esos peces sin sexo,
sin sexo, así como esos árboles
que crecen a la orilla de las tumbas vacías. 
Desde donde venías mi primer enemigo.
Desde donde venías con tu traje de arena 
y tu olor submarino...

			II

Cuando yo veo espigas y uva vieja, 
desperezado estiércol, sangre viva, 
me viene al tacto su sabor leproso, 
su víscera escondida, 
y en boca impura, palpitan sus hebras silenciosas 
y mueren puramente sus vestidos mortales.

Como hasta entonces en soledad 
camino, palpo vertebrada lluvia, 
suena mi corazón de cultivados tallos 
y ensayadas vertientes se aproximan. 
Me caen pájaros a los ojos muertos 
y huesos derribados y futuras sangres. 
¿De qué exploradas cimas, 
podré venir con mi esqueleto a cuestas?

Vengo a hacer declaraciones a la noche. 
Vengo por el camino de los trenes 
con olor y substancias criminales, 
vengo a hacer un recuento de los gatos asesinados por el alba. 
Ya véis, la gente se pervierte serenamente 
dibujando pétalos en los muros ciudadanos, 
¿nunca habéis visto esos extraños signos 
con que juegan los aprendices de hombre?

Entonces,
¿de qué escondido pudor me hablaba la lengua de mi amigo, 
qué ríos subterráneos regocijaban su piel?
Entretanto hay niños y bosques apacentando caballos negros...

	Todo no es sino una gran diversión y no la quiero.
Los hombres beben en su vaso, de amapola bebidas amapolas 
y  yo soy un muerto de comisuras viejas.

			III

Cuando a mortales sacudidas y espesas nieblas 
tiendo a vencerme sobre algas gigantes, 
y en actitud de sol desposeído, 
me escondo en los umbrales de las puertas. 
Como pez derrotado, su suavidad perdida, 
como hacinado grupo de maderas, 
como apagada hoguera, como un grito, 
como despedazado pan, como yo ciega.

Vengo en creerme un eslabón y un símbolo 
y una predilección y un desafío, 
vengo en creerme la soñada boca 
y el huésped prometido y la palabra cierta; 
cuando a quietudes y a presentimientos 
y me encuentro en la tierra caminando...

Háblame corazón, hállame sangre,
encuéntrame mortaja, desentiérrame, 
que bajo ligera nieve estoy ardiendo. 
Deja caer el pelo sobre mi espalda de sonora madera, 
bésame con la lengua de hoja húmeda 
y déjame morir definitivamente.

Los vientos encogidos
me azotarán insectos, 
y en las manos asiré una luciérnaga.

                     IV

Extiendo el brazo como un largo remo, 
y el silencio venal, frío, sin muerte. 
Densas caídas de aceites ignorados, 
vertical hondonada de luz, silvestre canto.

¡Ay hermano, ay mi corazón, su mundo solo; 
vértice, superficie aquí en mi mano!
tiendo el sonido para hablarte y quiero 
vencer el miedo para hablarte, quiero.

Vienes en una ola de varados espectros 
de espejos rotos y residuos de antiguos moribundos, 
y entre mezquinas aguas vienes 
sin dolor, a morir sobre mi cuerpo.

Ay hermano, 
mi voz creó un sonido diferente 
para decidir el crujido del agua 
y su alma de superficiales espumas rotas, 
y no soy yo quien mira, sino tú quien contemplas, 
y no soy yo quien habla. Vienes 
por las calles de asfalto, 
determinadas calles que solía arañar con mis dedos 
ebria de muerte y de tristeza estéril, 
para vencerme al día, para vencerme; 
obscuro pozo abierto para cada deseo.

Y por qué mis dos ojos 
seducidos desde la raíz, 
y tangenciales horas previniéndome, 
y alborotadas alas circundándome, 
y verticales bronces creciendo en mis axilas 
y la piel, divulgada más allá de las uñas, 
-dolorido espectáculo, la piel, su mundo aparte- 
como una casa vieja, pervertida, llamándome.

Ay, una sola tristeza me está hundiendo los ojos 
que se me caerán por la garganta. 
Y la muerte, la muerte, la muerte.

			V

	Ella estaba parida tristemente
sobre una ola, también recién parida.
Y era su sustancia, de amortiguado rostro redivivo,
como la mano empuñada de rojo.
Y perennemente sola como el signo de su frente.

	Ella, y el viento azul, meciéndola como un padre
con algo de brutal y algo amoroso.

	Ella tenía asida a su cintura
la acordonada mano del amigo.
Tanta enramada para tanta sangre.
Ella estaba parada como un pequeño invierno sedentario
y en los ojos le bailaba la muerte.

	Para existir después de tanta primavera,
ella debió tener un silencio estatuario
en su única arruga frontal.

			VI

Amiga mía. 
Ven del océano hasta esta costa solitaria.
Amiga mía, 
ven del océano.

He de decirte que un deseo ventral 
como de escaso niño me ambiciona. 
Hasta dónde entonces, 
podría maldecir sus manecitas garfios.

Amiga mía. 
Yo sé como se pierde la pupila y su negro color 
en los costados silenciosos de los barcos. 
Yo sé bien estar sola, como, un secreto barco abandonado.

Amiga mía 
ven con tu olor a distancia, 
ven con tu color de paisaje anochecido. 
Tú tan sólo puedes predecir la velocidad del viento, 
tú con tus palabras oceánicas 
y tu vientre de antiguos corales y anochecidos.

(De "Sínfonia del Hombre fósil", 1953)